miércoles, 1 de diciembre de 2010

Primero de muchos.

Letras, historias, personas y el afortunado.El mundo está lleno de letras. O, lo que es lo mismo, el mundo está lleno de personas. De personas, y de sus historias. Uno que sale de una portería con prisa y sin sonrisa. Unos que no salen, estos van en grupo y entran a un bar, no importa cuál. Unos que pasan derrapando en la noche con un Opel Astra negro en busca de quién sabe qué bar, qué fiesta, o en resumen, qué lugar. Si siguen así tan sólo encontrarán un destino desagradable. Entre todos estos, y los demás, hay un tipo extraño. Bien vestido, camisa a cuadros y pantalón tejano. Oscuro. Como el tapón de su bolígrafo, o como el color de su pelo. Es moreno. Debe medir 1'80cm, y digo debe porque es difícil intuir cuánto mide; está sentado en un banco. No es muy difícil, en cambio, intuir su felicidad. Lo veo entusiasmado con su bolígrafo y su inseparable libreta en la mano. Quién sabe la de letras que habrá escrito, o la de sueños plasmados en la libreta hechos realidad en vida. Seguro que alguien le ayuda a cumplir sueños. Un tipo así, aunque ahora esté sentado sin más compañía que la de su querido bolígrafo y la de su libreta en aquel banco, no parece sentirse sólo. Es más, sé que disfruta de sus momentos de aparente soledad. Me gusta su forma de vida. Mochila al hombro y sonrisa en la cara. También me gustan sus bambas. Entiendo de esto, y son unas Adidas en piel de serpiente de edición limitada. Algo caras. O no tiene problemas económicos, o es un caprichoso preocupado por su imagen. Lo es. Ahora que lo miro más detenidamente, intuyo que también va al gimnasio. Eso, o que tiene un metabolismo privilegiado heredado de algún familiar cercano. Me decanto por las dos cosas. No deja de sonreír, y sus dientes resaltan a la luz de una farola. Contrastan con el color de su barba que, por cierto, le da un aire bohemio que le viene que ni pintado. Por la barba, o más bien por algún hueco caprichoso que hay en ella, me atrevo a afirmar que apenas supera la mayoría de edad. Es joven, y muy observador. No parece esperar a nadie, pero se distrae con los autobuses que, cada 15 minutos de reloj, abastecen a toda la ciudad con sus servicios. Levanta la mirada de su libreta, mira con semblante tranquilo el interior del autobús, y vuelve a adentrarse en quién sabe qué mundo inventado, o qué realidad vivida. Sigue escribiendo, y lo hace con tanta ilusión que desprende optimismo su mirada. Me atrevo a llamar su atención, hago que me mire y me contagio. Sus ojos marrones me confiesan un secreto a voces: está ilusionado con un nuevo amor. Sé que es nuevo porque su sonrisa también le delata. Está enamorado de sus letras. Está muy enamorado de sus letras. Y como ya he dicho antes, el mundo está lleno de letras. O lo que es lo mismo, de personas. Existe un claro paralelismo, y quiero saber quién es la afortunada. Me acerco, me presento, le digo que llevo toda la noche observándolo, le pido disculpas anticipadas por si se siente intimidado, le pregunto quién es la afortunada y, sin dudar, me responde: vida, he vuelto a enamorarme de la vida. Así que el afortunado en este caso soy yo. Una vez resuelto el misterio, me vuelvo a mi sitio, a mi hogar. A unos 380.000 km. en el cielo. No puedo entretenerme más. No debo hacerlo.


Atentamente: la Luna.

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